Llegué a casa después de un día un tanto incómodo con ganas de caer a los pies de mi cama y ni siquiera pararme a pensar. Nunca sabes qué es mejor, si intentar solucionar las cosas o dejarlas pasar sin más hasta que se lleguen a olvidar. Tiempo, tiempo y más tiempo. Esa es la mejor respuesta que alguien te puede llegar a dar. No sé exactamente cómo pero al pensar en esa palabra que a veces parece tan lejana empecé a recordar aquellos años de mis clases de terapia con Susana y con el resto de mis compañeros. Quizás porque sentía la necesidad de recordar justo eso, algo terapéutico para aquel fatídico día que sólo tenía la intención de ser eso, un sólo día, pero fatídico. Vaya, cómo echaba de menos aquellas clases, todos aquellos momentos que durante dos años compartí con aquella gente, esa gente que asistía a sus clases como si fuera la última alternativa para conseguir un merecido y oportuno bienestar y con la esperanza de encontrar respuesta a las preguntas que día tras día mareaban su pensamiento. Estaba harta de repetir la misma frase de siempre: "Mañana será distinto, estoy segura". Y claro que es distinto, pero eso ya cansa. Siempre lo mismo, siempre esperando que todo vaya mejor de lo que ha ido. Tenía que cambiar yo misma ese mañana y darle vacaciones estivales al tiempo. Así que se me pasó por la mente hacer una visita a Susana y, cómo no, al resto de la clase. Sólo una visita. Al día siguiente, Susana fue quien me recibió y me invitó a formar parte de la clase de aquel día.
Allí estaban mis compañeros. Caras nuevas y muchas otras tantas viejas que fueron capaces de reconocerme cuando entré en la habitación.
-Hey, Carolina, ¿qué te trae por aquí? ¿No habrás vuelto a caer de nuevo?
-No, Héctor, tranquilo. Sólo es una pequeña visita que anoche decidí haceros. Tenía curiosidad por saber qué tal os iba por aquí al resto.
-Ya ves, nena. No tan bien como a ti, entonces. Intentando llevar a la práctica lo que nos dice Susana, pero cada día es más difícil, hostia. No me veo fuera de aquí en la vida, tía.
-Que no, dice. ¿No sabes tú eso de que a cada cerdo le llega su San Martín? Pues no temas porque ya te llegará, ya. Esto es cuestión de paciencia y mucho control. Todo llega, todo pasa.
-Joder, pero es mucho tiempo ya y estoy cansado de luchar y luchar contra esto. No termino de asimilar que no soy capaz de conseguir mi propia felicidad. Siempre vuelvo al mismo punto.
Mentiría si dijese que no sentía cierta lástima por él. Héctor era un tío con éxito. Pero ese éxito a la vez que le proporcionaba felicidad lo mantenía atado a una peligrosa ambición por alcanzar metas y objetivos que no era capaz de valorar. Pues vaya felicidad. La voz de Susana interrumpió nuestra conversación:
-Bien, chicos. Hoy vamos a realizar un pequeño ejercicio que quiero que todos os llevéis a casa. Aquí tengo un par de tapones para los oídos que os iréis poniendo conforme los vaya repartiendo uno por uno y después os explicaré en qué consiste.
¿Un par de tapones para los oídos? Toma ya, esto prometía convertirse en el no va más de la originalidad, ea. No pude evitar reírme entre dientes porque el ejercicio me resultó un tanto gracioso así de primeras, pero no era nada raro en Susana este tipo de ejercicios absurdos en un principio y reconstructores en su final. Nada había cambiado. Todo iba en su línea, línea que decidí abandonar hace un par de años. Sin más preámbulos, tapones a los oídos. De repente, empecé a sentirme algo extraña, justo lo contrario a lo que normalmente siento, algo nada habitual. Oía muy suavemente el murmullo de mi alrededor y tenía la impresión de que todo lo que allí estaba ocurriendo, ocurría de forma completamente ajena a mí. Una individualización total que me hacía diferenciarme del resto de personas que seguro que sentían algo similar a lo que yo estaba sintiendo. De eso se trataba.
-Estupendo. Ahora formad parejas con la persona que más cerca tengáis y comenzad a hablar con ella de lo que sea, cualquier cosa, pero hablad. Mientras habláis y escucháis, intentad prestar atención a todo lo que sentís cuando lo estáis haciendo.
Allí estaba de nuevo Héctor conmigo y, cómo no, comenzó él la conversación hablándome de su último logro personal de fin de semana. Mientras que me contaba parte de su "living la vida loca porque es Saturday Night", había algo que me impedía poner todos los sentidos en aquella conversación. Poco a poco iba dejando de escucharlo a él para escucharme a mí misma. Los tapones hacían que escuchase con mayor intensidad y precisión todo lo que con cada movimiento, con cada vibración y cada sensación se cuece dentro de cada uno de nosotros. Ese conjunto de ritmos y sonidos que el cuerpo es capaz de interpretar las veinticuatro horas del día y a los que prestamos poca atención, yendo y viniendo, de acá para allá. Héctor sonreía contándome sus historias por la impresión que le daba el poder oírse más fuerte a sí mismo y yo reía con él por la sensación de poder escuchar con más atención los latidos de mi corazón que su voz. Toda una expectación aquel momento. Susana fue entonces quien cambió de tercio:
-Si todos los que habéis hecho el ejercicio os habéis quedado con una buena impresión y empezáis a sentiros algo especiales es porque acabáis de escuchar la voz de vuestro interior. Me refiero a todo ese conjunto de extraños sonidos que día tras día nuestro organismo realiza para producir el funcionamiento de nuestro cuerpo y así mantenernos vivos. Hoy he escogido este ejercicio para haceros ver que dentro de vosotros hay algo muy importante que debéis cuidar. No sólo es cuestión de salud, de no dar lugar a que todos esos procesos se apaguen, sino a ser conscientes de que no sólo somos lo que pensamos, sino lo que sentimos. Nuestros sentimientos también tienen voz. El corazón habla cuando alguien de repente nos pega un susto y late fuerte. Esos latidos son las voces de la sensación de miedo que se produce en nuestro interior. El estómago también habla cuando estamos nerviosos o expectantes por un sentimiento de amor o atracción, o de espera de algún acontecimiento de interés, mismamente. Esas famosas "mariposas en el estómago" que todos conocemos son las que revolotean ahí dentro. Esa es la voz de lo que sentimos. Decir se pueden decir mil y una cosas. Nunca será la verdadera voz de lo que sentimos, sino una mera copia de la realidad. La verdadera voz está en vuestro interior y hoy sois vosotros testigos de ello. Si alguien os dice que antes de tomar una decisión personal escuchéis vuestro corazón, es exactamente lo que os quiere decir. Tapones en los oídos, silencio absoluto y a escuchar ese latir. Eso también os hará sentir únicos, significativos y prioritarios ante una minoría silenciosa que os quiere apoyar, pero no escucha lo que tú, y sólo tu puedes y tienes que escuchar. Espero que este ejercicio de hoy os haga reflexionar sobre ello. De todas formas, seguiremos comentándolo mañana. Muchas gracias a todos por venir un día más.
Héctor y yo salimos juntos de clase y al cruzar la puerta me dijo:
-Estas clases son las que de verdad me hacen confiar en que realmente mi mañana cambiará y podré ser feliz. Es de las pocas motivaciones que tengo en esta vida.
-Pues como dejes que la vida cambie tu mañana, la llevas clara, Héctor. Tu mañana lo cambias tú, no la vida. No te puedes cruzar de brazos a esperar que ella te lo construya. Así que empieza por intentar construirlo escuchándote a ti mismo y deja que el destino te guíe. Y la Chepe, claro...y la Chepe.
Con unas cuantas risas me despedí de Héctor sin saber si algún día lo volvería a ver y si por fin le llegó su San Martín. Volviendo a casa me preguntaba hasta qué punto era tan importante eso de ponerse unos tapones en los oídos para escuchar un interior que probablemente no tenía nada que decir. Quizás sólo fuera lo novedoso del ejercicio lo que hizo sentirme expectante y algo especial, pero lo cierto es que bien pasados los años todavía guardo un par de tapones en mi mesilla de noche, por si las moscas me llegaran a zumbar.
Allí estaban mis compañeros. Caras nuevas y muchas otras tantas viejas que fueron capaces de reconocerme cuando entré en la habitación.
-Hey, Carolina, ¿qué te trae por aquí? ¿No habrás vuelto a caer de nuevo?
-No, Héctor, tranquilo. Sólo es una pequeña visita que anoche decidí haceros. Tenía curiosidad por saber qué tal os iba por aquí al resto.
-Ya ves, nena. No tan bien como a ti, entonces. Intentando llevar a la práctica lo que nos dice Susana, pero cada día es más difícil, hostia. No me veo fuera de aquí en la vida, tía.
-Que no, dice. ¿No sabes tú eso de que a cada cerdo le llega su San Martín? Pues no temas porque ya te llegará, ya. Esto es cuestión de paciencia y mucho control. Todo llega, todo pasa.
-Joder, pero es mucho tiempo ya y estoy cansado de luchar y luchar contra esto. No termino de asimilar que no soy capaz de conseguir mi propia felicidad. Siempre vuelvo al mismo punto.
Mentiría si dijese que no sentía cierta lástima por él. Héctor era un tío con éxito. Pero ese éxito a la vez que le proporcionaba felicidad lo mantenía atado a una peligrosa ambición por alcanzar metas y objetivos que no era capaz de valorar. Pues vaya felicidad. La voz de Susana interrumpió nuestra conversación:
-Bien, chicos. Hoy vamos a realizar un pequeño ejercicio que quiero que todos os llevéis a casa. Aquí tengo un par de tapones para los oídos que os iréis poniendo conforme los vaya repartiendo uno por uno y después os explicaré en qué consiste.
¿Un par de tapones para los oídos? Toma ya, esto prometía convertirse en el no va más de la originalidad, ea. No pude evitar reírme entre dientes porque el ejercicio me resultó un tanto gracioso así de primeras, pero no era nada raro en Susana este tipo de ejercicios absurdos en un principio y reconstructores en su final. Nada había cambiado. Todo iba en su línea, línea que decidí abandonar hace un par de años. Sin más preámbulos, tapones a los oídos. De repente, empecé a sentirme algo extraña, justo lo contrario a lo que normalmente siento, algo nada habitual. Oía muy suavemente el murmullo de mi alrededor y tenía la impresión de que todo lo que allí estaba ocurriendo, ocurría de forma completamente ajena a mí. Una individualización total que me hacía diferenciarme del resto de personas que seguro que sentían algo similar a lo que yo estaba sintiendo. De eso se trataba.
-Estupendo. Ahora formad parejas con la persona que más cerca tengáis y comenzad a hablar con ella de lo que sea, cualquier cosa, pero hablad. Mientras habláis y escucháis, intentad prestar atención a todo lo que sentís cuando lo estáis haciendo.
Allí estaba de nuevo Héctor conmigo y, cómo no, comenzó él la conversación hablándome de su último logro personal de fin de semana. Mientras que me contaba parte de su "living la vida loca porque es Saturday Night", había algo que me impedía poner todos los sentidos en aquella conversación. Poco a poco iba dejando de escucharlo a él para escucharme a mí misma. Los tapones hacían que escuchase con mayor intensidad y precisión todo lo que con cada movimiento, con cada vibración y cada sensación se cuece dentro de cada uno de nosotros. Ese conjunto de ritmos y sonidos que el cuerpo es capaz de interpretar las veinticuatro horas del día y a los que prestamos poca atención, yendo y viniendo, de acá para allá. Héctor sonreía contándome sus historias por la impresión que le daba el poder oírse más fuerte a sí mismo y yo reía con él por la sensación de poder escuchar con más atención los latidos de mi corazón que su voz. Toda una expectación aquel momento. Susana fue entonces quien cambió de tercio:
-Si todos los que habéis hecho el ejercicio os habéis quedado con una buena impresión y empezáis a sentiros algo especiales es porque acabáis de escuchar la voz de vuestro interior. Me refiero a todo ese conjunto de extraños sonidos que día tras día nuestro organismo realiza para producir el funcionamiento de nuestro cuerpo y así mantenernos vivos. Hoy he escogido este ejercicio para haceros ver que dentro de vosotros hay algo muy importante que debéis cuidar. No sólo es cuestión de salud, de no dar lugar a que todos esos procesos se apaguen, sino a ser conscientes de que no sólo somos lo que pensamos, sino lo que sentimos. Nuestros sentimientos también tienen voz. El corazón habla cuando alguien de repente nos pega un susto y late fuerte. Esos latidos son las voces de la sensación de miedo que se produce en nuestro interior. El estómago también habla cuando estamos nerviosos o expectantes por un sentimiento de amor o atracción, o de espera de algún acontecimiento de interés, mismamente. Esas famosas "mariposas en el estómago" que todos conocemos son las que revolotean ahí dentro. Esa es la voz de lo que sentimos. Decir se pueden decir mil y una cosas. Nunca será la verdadera voz de lo que sentimos, sino una mera copia de la realidad. La verdadera voz está en vuestro interior y hoy sois vosotros testigos de ello. Si alguien os dice que antes de tomar una decisión personal escuchéis vuestro corazón, es exactamente lo que os quiere decir. Tapones en los oídos, silencio absoluto y a escuchar ese latir. Eso también os hará sentir únicos, significativos y prioritarios ante una minoría silenciosa que os quiere apoyar, pero no escucha lo que tú, y sólo tu puedes y tienes que escuchar. Espero que este ejercicio de hoy os haga reflexionar sobre ello. De todas formas, seguiremos comentándolo mañana. Muchas gracias a todos por venir un día más.
Héctor y yo salimos juntos de clase y al cruzar la puerta me dijo:
-Estas clases son las que de verdad me hacen confiar en que realmente mi mañana cambiará y podré ser feliz. Es de las pocas motivaciones que tengo en esta vida.
-Pues como dejes que la vida cambie tu mañana, la llevas clara, Héctor. Tu mañana lo cambias tú, no la vida. No te puedes cruzar de brazos a esperar que ella te lo construya. Así que empieza por intentar construirlo escuchándote a ti mismo y deja que el destino te guíe. Y la Chepe, claro...y la Chepe.
Con unas cuantas risas me despedí de Héctor sin saber si algún día lo volvería a ver y si por fin le llegó su San Martín. Volviendo a casa me preguntaba hasta qué punto era tan importante eso de ponerse unos tapones en los oídos para escuchar un interior que probablemente no tenía nada que decir. Quizás sólo fuera lo novedoso del ejercicio lo que hizo sentirme expectante y algo especial, pero lo cierto es que bien pasados los años todavía guardo un par de tapones en mi mesilla de noche, por si las moscas me llegaran a zumbar.
“No eres la charla que oyes dentro de tu cabeza, eres la persona que oye esa charla”.
Bill Harvey.
2 comentarios:
Una aclaración, ¿Habían un par de tapones para todas las personas de la clase o un par de tapones para cada uno?
el presupuesto de las clases daba para un par de tapones para cada uno...resuelta la aclaración también en el texto. Gracias por tu objección :)
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