("Dedicado a todos aquellos que ven cada día como un nuevo camino, sin dejar atrás lo que realmente merece la pena")
4.30. p.m. Nada que hacer, nada que decir...y la casa se me echa encima. Mochila a la espalda y...que el mundo ruede. Cojo el metro hasta Francisco Cubells y desde allí intento volver a casa lo antes posible...qué ilusa. Con cada paso que doy me voy acostumbrando al paisaje, al ruido de los coches, al olor a alquitrán de las calles recién asfaltadas, a observar de reojo las miradas perdidas del resto de personas que no pintan allí lo mismo que yo. Ellas saben donde están, yo no. Pero, no importa. Todo es encontrar y ser encontrado. Al rato, paso por un parque lleno de niños. Pequeñas criaturas sonrientes que veo intentar escalar un busto del pobre Lorca, con ánimo de pasarlo bien y sorprender a la niña que está pendiente de ellos. No puedo evitar reirme pensando en lo que Federico debe de estar pensando: "Dulce niño de ojos claros y espíritu endeble, baja de mi cabeza y da rienda suelta a tu corazón gitano, que la niña te está conquistando". De repente, algo falla. La noche se me ha echado encima, en vez de la casa. Debo descansar si no quiero pasarme toda una semana curándome los pies. Motivo: zapatillas no muy viejas. Miro el reloj: las 8.30 p.m. Será mejor, sí. Allá vamos. Me siento en un banco cercano al parque y allí sigo observando lo que me rodea. Sin haber pasado más de cinco minutos oigo el llanto de un niño. Lo busco con la mirada...ahí está, sentado en un banco no muy lejos del mío. Vamos a ver qué ocurre:
- Pero, vaya, ¿y este llanto tan sentido? ¿qué te pasa?
Al mismo tiempo que intentaba averiguar el motivo de su desdicha, buscaba con la mirada a la madre o al padre de la criatura, alguien que mostrase algo de preocupación por encontrar a su hijo de la misma manera que yo intentaba encontrar a alguien que intentase buscar al niño, pero nada. Ni un mínimo gesto de preocupación. Continué con mi interés por él:
- Vamos, dime, ¿qué te hace llorar de esta manera? ¿te has perdido?
El niño negó con la cabeza.
Mmmm...un niño solo en el parque. Ya me pareció eso raro de entrada, vaya.
-Venga, va, no estás solo. Yo estoy contigo. Pero, dime, ¿por qué lloras?
El niño levantó la cabeza, me miró y enseguida desvió su mirada hacia el cielo, señalándolo. Por fin habló:
- ¿No ves algo raro allá arriba?
Puff, ja, ja, tantas cosas me parecen raras por todos lados: arriba, abajo, en el centro...
- Pues no, ahora mismo no veo nada que me resulte raro. ¿Qué ves tú de raro allí?
El niño abrió los ojos, atónito, sin dejar de mirarme, diciendo:
- ¿Cómo puedes decir eso? ¿Cómo que no hay algo raro? ¡NO HAY ESTRELLAS!
Cierto, no se veía ni una estrella. ¿Por qué me dice esto un niño?
- Sí que las hay, lo que pasa es que está nublado y no se ven. Ahora no brillan para ti.
- No puede ser. ¿No te das cuenta de que se ha acabado? ¡Las estrellas se niegan a brillar!
Vaya tela...menudo panorama. Un niño delante de mí llorando porque las estrellas habían dejado de brillar...definitivamente. Increíble, pero cierto. Sin salir de mi asombro intenté lo más claramente posible concienciarlo de que volvería a ver esas estrellas brillar cuando las nubes desapareciesen.
-Dime cuál es tu nombre.
-Vicente.
-Mira, Vicente. Hay veces que las estrellas necesitan cambiar, y por eso se niegan a brillar. ¿Tú nunca te has cansado de estar siempre sonriente?
-Ajá.
-Hay veces que necesitas llorar y dejar a un lado esa sonrisa. Llorar no significa tristeza. Es también una manera de liberar sentimientos, eso que tenemos tan dentro que algunas veces parece que nos hace daño. Todos tenemos derecho a llorar, dejar salir nuestras emociones. ¿Por qué no iban a tener derecho las estrellas de negarse a brillar una noche? Tú no estás siempre triste, pero tampoco estás siempre alegre, ¿no es así? pues lo mismo les pasa a las estrellas, que cuando están tristes ocultan su brillo.
- Pero, ayer tampoco las vi brillar...no lo entiendo. Yo no estoy dos días tan triste.
-Bueno, las estrellas son muy viejas ya y necesitan a veces sentirse tristes por más tiempo para después brillar con más intensidad. No les es tan fácil recuperar la sonrisa como a ti. Además, muchas veces esa tristeza es provocada por algo que no tiene que ver contigo, como, por ejemplo, las nubes. Ellas, ahora, impiden que tú veas su brillo. ¿Me entiendes?
El niño se quedó perplejo e inexpresivo por un momento. Supongo que estaba intentando asimilar toda la película que le había montado en un momento. Más tarde, contestó:
- Pero, entonces, ¿mañana volverán a brillar? ¿No habrá nubes? ¿Volverán a estar felices?
-Claro que sí. Verás que mañana brillarán como nunca las has visto brillar. No habrá nubes y estarán más felices que tú y que yo.
- ¿Me lo prometes?
-Te lo prometo. Por tu nombre y el mío.
Vicente esbozó enseguida una sonrisa...una simple sonrisa para él, una tranquilidad para mí. Sin más, me abrazó, me dio un beso y salió corriendo. Ya no lo he vuelto a ver. Ni siquiera sé a dónde iba. Incluso llegué a pensar que me había tomado el pelo. Pero, para querer tomar el pelo llorando de esa manera tienes que ser un profesional. Y un niño de seis o siete años (no tendría más) no lo es. Una vez resuelto el problema de por qué las estrellas no brillaban aquella noche, seguía sin saber dónde leches estaba...y cansada. Un amable señor que regresaba a casa con su maletín (a saber qué llevaba) me guió hasta encontrar la parada de metro más cercana. De camino a casa me sobrevenía una y otra vez la misma pregunta: ¿y si las estrellas se negaran de veras a brillar algún día? Parece una pregunta estúpida, pero no lo es. ¿Quíen te asegura a ti que eso jamás ocurrirá? Todo vale en este juego. Todo puede terminar. ¿Y si dejas de amar a quien amas? ¿Y si dejas de tener todo lo que tienes? ¿Y si dejas de echar de menos a quien echas de menos? ¿Y si dejaras de preocuparte por todo lo que te preocupa? ¿ Y si dejaras de hacer lo que ahora estás haciendo?
Ufff, qué problemón tendríamos entonces...o no, no se. El caso es que sería un cambio que nos volvería a todos más locos de lo que estamos o que, quizás para sorpresa de muchos, sería un gran alivio. Lo único cierto que sabía aquella noche cuando regresé a casa era que la cama me llamaba a gritos. Demasiadas emociones en un mismo día. No tuve tiempo de preguntarme nada más. Al día siguiente, todo llegó a la normalidad. Pues las estrellas volvieron a brillar. Vaya que si brillaron, ya lo creo. Una de las noches más brillantes y mágicas que el ser humano puede contemplar. Prometido, por el nombre de Vicente y el mío.
4.30. p.m. Nada que hacer, nada que decir...y la casa se me echa encima. Mochila a la espalda y...que el mundo ruede. Cojo el metro hasta Francisco Cubells y desde allí intento volver a casa lo antes posible...qué ilusa. Con cada paso que doy me voy acostumbrando al paisaje, al ruido de los coches, al olor a alquitrán de las calles recién asfaltadas, a observar de reojo las miradas perdidas del resto de personas que no pintan allí lo mismo que yo. Ellas saben donde están, yo no. Pero, no importa. Todo es encontrar y ser encontrado. Al rato, paso por un parque lleno de niños. Pequeñas criaturas sonrientes que veo intentar escalar un busto del pobre Lorca, con ánimo de pasarlo bien y sorprender a la niña que está pendiente de ellos. No puedo evitar reirme pensando en lo que Federico debe de estar pensando: "Dulce niño de ojos claros y espíritu endeble, baja de mi cabeza y da rienda suelta a tu corazón gitano, que la niña te está conquistando". De repente, algo falla. La noche se me ha echado encima, en vez de la casa. Debo descansar si no quiero pasarme toda una semana curándome los pies. Motivo: zapatillas no muy viejas. Miro el reloj: las 8.30 p.m. Será mejor, sí. Allá vamos. Me siento en un banco cercano al parque y allí sigo observando lo que me rodea. Sin haber pasado más de cinco minutos oigo el llanto de un niño. Lo busco con la mirada...ahí está, sentado en un banco no muy lejos del mío. Vamos a ver qué ocurre:
- Pero, vaya, ¿y este llanto tan sentido? ¿qué te pasa?
Al mismo tiempo que intentaba averiguar el motivo de su desdicha, buscaba con la mirada a la madre o al padre de la criatura, alguien que mostrase algo de preocupación por encontrar a su hijo de la misma manera que yo intentaba encontrar a alguien que intentase buscar al niño, pero nada. Ni un mínimo gesto de preocupación. Continué con mi interés por él:
- Vamos, dime, ¿qué te hace llorar de esta manera? ¿te has perdido?
El niño negó con la cabeza.
Mmmm...un niño solo en el parque. Ya me pareció eso raro de entrada, vaya.
-Venga, va, no estás solo. Yo estoy contigo. Pero, dime, ¿por qué lloras?
El niño levantó la cabeza, me miró y enseguida desvió su mirada hacia el cielo, señalándolo. Por fin habló:
- ¿No ves algo raro allá arriba?
Puff, ja, ja, tantas cosas me parecen raras por todos lados: arriba, abajo, en el centro...
- Pues no, ahora mismo no veo nada que me resulte raro. ¿Qué ves tú de raro allí?
El niño abrió los ojos, atónito, sin dejar de mirarme, diciendo:
- ¿Cómo puedes decir eso? ¿Cómo que no hay algo raro? ¡NO HAY ESTRELLAS!
Cierto, no se veía ni una estrella. ¿Por qué me dice esto un niño?
- Sí que las hay, lo que pasa es que está nublado y no se ven. Ahora no brillan para ti.
- No puede ser. ¿No te das cuenta de que se ha acabado? ¡Las estrellas se niegan a brillar!
Vaya tela...menudo panorama. Un niño delante de mí llorando porque las estrellas habían dejado de brillar...definitivamente. Increíble, pero cierto. Sin salir de mi asombro intenté lo más claramente posible concienciarlo de que volvería a ver esas estrellas brillar cuando las nubes desapareciesen.
-Dime cuál es tu nombre.
-Vicente.
-Mira, Vicente. Hay veces que las estrellas necesitan cambiar, y por eso se niegan a brillar. ¿Tú nunca te has cansado de estar siempre sonriente?
-Ajá.
-Hay veces que necesitas llorar y dejar a un lado esa sonrisa. Llorar no significa tristeza. Es también una manera de liberar sentimientos, eso que tenemos tan dentro que algunas veces parece que nos hace daño. Todos tenemos derecho a llorar, dejar salir nuestras emociones. ¿Por qué no iban a tener derecho las estrellas de negarse a brillar una noche? Tú no estás siempre triste, pero tampoco estás siempre alegre, ¿no es así? pues lo mismo les pasa a las estrellas, que cuando están tristes ocultan su brillo.
- Pero, ayer tampoco las vi brillar...no lo entiendo. Yo no estoy dos días tan triste.
-Bueno, las estrellas son muy viejas ya y necesitan a veces sentirse tristes por más tiempo para después brillar con más intensidad. No les es tan fácil recuperar la sonrisa como a ti. Además, muchas veces esa tristeza es provocada por algo que no tiene que ver contigo, como, por ejemplo, las nubes. Ellas, ahora, impiden que tú veas su brillo. ¿Me entiendes?
El niño se quedó perplejo e inexpresivo por un momento. Supongo que estaba intentando asimilar toda la película que le había montado en un momento. Más tarde, contestó:
- Pero, entonces, ¿mañana volverán a brillar? ¿No habrá nubes? ¿Volverán a estar felices?
-Claro que sí. Verás que mañana brillarán como nunca las has visto brillar. No habrá nubes y estarán más felices que tú y que yo.
- ¿Me lo prometes?
-Te lo prometo. Por tu nombre y el mío.
Vicente esbozó enseguida una sonrisa...una simple sonrisa para él, una tranquilidad para mí. Sin más, me abrazó, me dio un beso y salió corriendo. Ya no lo he vuelto a ver. Ni siquiera sé a dónde iba. Incluso llegué a pensar que me había tomado el pelo. Pero, para querer tomar el pelo llorando de esa manera tienes que ser un profesional. Y un niño de seis o siete años (no tendría más) no lo es. Una vez resuelto el problema de por qué las estrellas no brillaban aquella noche, seguía sin saber dónde leches estaba...y cansada. Un amable señor que regresaba a casa con su maletín (a saber qué llevaba) me guió hasta encontrar la parada de metro más cercana. De camino a casa me sobrevenía una y otra vez la misma pregunta: ¿y si las estrellas se negaran de veras a brillar algún día? Parece una pregunta estúpida, pero no lo es. ¿Quíen te asegura a ti que eso jamás ocurrirá? Todo vale en este juego. Todo puede terminar. ¿Y si dejas de amar a quien amas? ¿Y si dejas de tener todo lo que tienes? ¿Y si dejas de echar de menos a quien echas de menos? ¿Y si dejaras de preocuparte por todo lo que te preocupa? ¿ Y si dejaras de hacer lo que ahora estás haciendo?
Ufff, qué problemón tendríamos entonces...o no, no se. El caso es que sería un cambio que nos volvería a todos más locos de lo que estamos o que, quizás para sorpresa de muchos, sería un gran alivio. Lo único cierto que sabía aquella noche cuando regresé a casa era que la cama me llamaba a gritos. Demasiadas emociones en un mismo día. No tuve tiempo de preguntarme nada más. Al día siguiente, todo llegó a la normalidad. Pues las estrellas volvieron a brillar. Vaya que si brillaron, ya lo creo. Una de las noches más brillantes y mágicas que el ser humano puede contemplar. Prometido, por el nombre de Vicente y el mío.
4 comentarios:
Hola, he intentado escribir algo "inteligente" para comenzar los comentarios pero, hoy me pillais un poco espesita, sorry. Otro día me paso y a ver si estoy más inspirada. De todas formas os dejo la frase de un cantante que a mi me hace pensar y plantearme ciertas cosas. besitos
"Pues no, casi nunca las cosas duran para siempre" E.B.
Un escrito muy rico, si señorita.
A veces me planteo preguntas como esas, pero luego lo pienso y digo, si todo eso pasara realmente dejaría de ser yo, y eso no me gusta. Mi alma quedaría al aire y todo aquello que me esfuerzo por construir quedaría reducido a simples montones de escombros, aunque siempre me queda la esperanza de que si algun día caigo y me parto en mil trozos, alguien más fuerte que yo vendrá y logrará que me alce más fuerte y con ganas de brillar otra vez. C.L
Quién no se ha hecho algunas de estas preguntas alguna vez??? la verdad esque la historia me ha emocionado!quien iba a decir que "El libro del cachondeo" diera para tanto, ¿eh?, pues que decirte "Ella" que tienes muusho arte!!!
Por cierto... espero que nunca dejen de brillar!
*Ro
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